FILOSOFÍA PARA NIÑOS: ¿Cómo hablar de la muerte?

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FILOSOFÍA PARA NIÑOS: ¿Cómo hablar de la muerte?

FILOSOFÍA PARA NIÑOS | LITERATURA INFANTIL | Muerte

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Hemos avanzado en estas páginas por libros en donde la enseñanza de la filosofía, o del filosofar, se ejemplificaban con el uso metódico y atento de las preguntas. La capacidad inquisitiva, en donde los niños aún pueden enseñarnos mucho, parece con unanimidad el corazón del acceso a un modo de cuestionarse positivamente todo cuanto se encuentra a nuestro alcance, de nuestro pensamiento y de nuestras sensaciones. Nos queda afrontar la pregunta por excelencia, la cuestión perfecta, porque no tiene respuesta. Su enunciado es: la muerte. Y la retórica de las preguntas, si la examinamos con cuidado, nos presentará cuestiones básicas, centrales, vitales en nuestro desarrollo. Preguntas fuertes, que no ácidas, donde la palaba importante parece que tiene sentido. Les pido que busquen las diferencias en cada enunciado. Anuncio de nuevo, no hay respuesta.

 

¿Qué es la muerte?

¿Por qué morimos?

¿Por qué mueren los demás?

¿Cuándo moriremos?

¿Existe algo tras la muerte?

 

Suficiente intensidad. Incluso si anunciamos otro gran tema en su reverso: el sentido de la muerte pregunta por el sentido de la vida. La pregunta por excelencia es tan dura que no sólo nos resulta complejo afrontarla con nuestros hijos, sino que es común costumbre no abordar su cercanía, obviar su presencia, en nuestras propias meditaciones. Existe una especie de tabú, palabra polinesia que significa “peligro”, que nos invita a evitar todo pensamiento que ronde las intimaciones de la muerte, aunque sea algo inevitable y, en nuestra cultura, omnipresente. Se ha creado una suerte de “pornografía de la muerte” que hace que aquello que queremos evitar sea algo, como la desnudez, exageradamente sobreexpuesto. Lejos de la cultura clásica, donde la meditación sobre la fugacidad era una de las formas de crear valor sobre nuestra vida presente, en la cultura moderna se esconde la caducidad de la vida con extremada precaución, a costa de que lo escondido se presente con una virulencia casi extremada y con una presencia sobreexpuesta. Piensen en donde se esconde. ¿Quizá sea uno de los motivos centrales del imaginario de nuestras películas, los modernos relatos colectivos? O esté en los videojuegos sublimado como herramienta de desahogo. O sea el motivo central de los informativos de nuestros medios de comunicación de masas, a través de guerras, atentados, terror.

 

En este caso, como en todos los casos, la necesidad que tengamos de afrontar esta pregunta con nuestros hijos, cuando nos enfrentemos de manera natural a ella, sea un modo de reintegrar esta pregunta para nosotros mismos, encontrando el valor saludable que la cultura clásica, tanto como otras tradiciones, toma de afrontar la más compleja, controvertida, desnuda e importante de las preguntas, afrontar que nuestro tiempo es limitado y que tenemos que morir. Incluso quienes tienen lenitivos religiosos para afrontar esta tarea, en donde se promete la resurrección y la vida eterna, han de enfrentarse a la cuestión como una muestra del valor del presente, y la intensidad y el sentido completo de la vida. Ahí es nada. Más para quienes no confían en soluciones soteriológicas o escatológicas, como las prometidas por bastantes religiones y piensan que la muerte es el final de un ciclo sin renovación, pues han de construir un sentido suficientemente intenso en lo que cotidianamente los ocupa, sin esperar a que sea cumplido en otra dimensión más allá de la muerte.

En primer lugar, la muerte es una forma natural, y de ese modo va a aparecer en nuestras vidas, y en ese mismo modo hay que relacionarse con ella. Sin disfraces ni engamos. Pero sí con cuentos. Me explico: hemos visto como las narraciones, relatos, películas e imágenes colectivas en general son sistemas de visualización de problemas, ideas, creencias de un valor incalculable, también en su influencia negativa, dentro de nuestro imaginario social. Los relatos, y sobre todo los relatos infantiles, han sido una herramietna de visualización de estas fronteras peligrosas en nuestra tradición y en todas las tradiciones, porque nos permite enfocar de manera oblícua problemas difíciles de abordar directamente, en cuanto existe sobre ellos algún tipo de tabú. Bienvenidos a los relatos, comics, películas a la hora de ayudarnos a encarar y desvelar problemas que aumenten nuestra consciencia de dónde estamos y de cómo podemos disfrutar y densificar nuestro tiempo. Alejémonos de aquellos que nos adormezcan, que constituyan trabas para ver más clara y libremente.

 

La muerte aparece de forma natural. Y así es en el caso de nuestros hijos, que en algún momento se verán asaltados por la imagen, la idea o aún la angustia de explicarse la desaparición de la mascota, de un ser querido, de un conocido o de entender al fondo la imagen trágica que casi siempre se esconde en las más tiernas historias. En ese punto es preciso abordar con calma el asunto y es en este punto donde, desde dentro de la filosofía, podemos encontrar apoyo, pues el pensamiento sobre los límites de lo humano en donde el pensamiento humanista encuentra su principal ocupación y en donde existe una enorme tradición de tratamiento y de intentar comprender el más enigmático de los problemas, la relación de valor vida-muerte.

 

Volveremos al asunto, que seguro que a muchos les sorprende en un espacio para niños, aunque yo pensaría que este es el lugar donde más intensidad y valor se necesita en términos educativos. Creación de valor, para educación, como para ciencia o arte, es la estrategia central de todo proceso de calidad en relación a la conducción de nuestras vidas y en él, es absolutamente necesario abordar no sólo las partes agradables y accesibles de la vida, sino intentar entender con intensidad las más complejas, que podrían graduarse en relación a la aparición de ese valor máximo, la muerte, y que incluirían el dolor, la enfermedad, el mal, la injusticia, la desigualdad, la pobreza. A nosotros nos aqueja afrontar todas estas ideas que nos exceden, sobrecogen y superan y son en muchas ocasiones los niños los que nos incitan a mirar sobre ellas, para intentar introducirlas dentro de su imagen en formación del mundo.

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El tema es complejo, y no tenemos problema en abrirlo y abordarlo, ayudándonos por el análisis de algunas pequeñas joyas que la filosofía para niños ha editado como apoyo en estas meditaciones. El investigador E. Huisman-Perrin escribe La muerte explicada a mi hija en al año 2002 impelido por la necesidad de explicar a su hija de once años el valor que puede tener como reactivación del sentido de la vida enfrentarse al misterio y silencio con el que normalmente se asocia a la muerte. Éste es el trasfondo que encontramos casi siempre en la valoración de afrontar lo inevitable del hecho de desaparecer: nuestro tiempo actual comienza a poseer otro valor renovado, nuestro tiempo actual se enriquece desde la perspectiva de su caducidad. Pensemos en que nuestra sociedad ha cambiado los valores en su viso industrial, de ahí la decadencia del valor humanista de nuestros conocimientos, para mi ejemplificados en el arrumbamiento de la filosofía y la conducción de nuestras vidas, frente a valores inmediatos y técnicos: nuestras escuelas no tienden, como sucedía en los tiempos clásicos, a decirnos para qué sirven nuestras vidas, sino que nos transmiten contenidos y datos medibles. Huisman-Perrin utiliza lugares clásicos, como alejar nuestro horror y angustia dando imagen y forma a los sucesos, aún los más delicados y luctuosos, a través de una sabia reflexión sobre la experiencia de un adulto en relación a todo lo que hubiera querido que alguien le hubiera contado. Ninguna base mejor se me ocurre para definir a la educación que esta transmisión de necesidades e intereses constrastados por la experiencia con la ingenuidad de un niño. La lectura del libro es fuerte, reconfortante, y ha de ser cuidadosa por su crudeza, la manera en que afronta sin disfraces los temas más complicados de nuestra vida con un fin concreto:

 

«Dialogar con un niño sobre la muerte puede ser una de las mejores formas de mantenerse lo más cerca posible de la vida«

 

El libro de Brigitte Labbé y Michel Puech, dentro de la deliciosa serie Piruletas de Filosofía, es un complemento para la necesaria crudeza del primero. Bajo el título La Vida y la Muerte ayudan a comprender el fenómeno de la extinción de nuestro tiempo incluyéndolo dentro del valor del ciclo completo de la vida, como hecho biológico, para explciar la complejidad de lo humano a través de la responsabilidad de la construcción de su propio destino, a través de su personalidad, su memoria, la memoria de los demás. El centro del libro introduce la pregunta ¿Por qué nos morimos? como puente entre las dos imágenes del título:

 

La muerte forma parte de la vida, es una etapa más, la última.

 

Esta es su estrategia, presentar el hecho en su sentido natural, directo, aún saludable, como herramienta para comprender cuál sea el encaje de este hecho con el conjunto del mundo: la renovación, la juventud y la vejez en su proceso, todo ello encadenado en la parte psicológica del hecho, la dificultad de ajustar nuestras expectativas con lo drástico del hecho: siempre se muere demasiado pronto. Su muy ordenado y simpático proceder aborda la escatología desde su base antropológica: como cada cultura piensa en mitos para imaginar que haya después de la muerte, para pensar que la muerte no sea un fin completo. Tambien, y como colofón y escala, las fases más dolorosas, la desaparición de los seres cercano y la imaginación de nuestro propio telón, en donde aparece la intención de los autores: Lo más importante es lo que ocurre durante la vida, olvidarnos de la muerte es posponer la pregunta por el valor de nuestra vida, dejarla aplazada, aunque el tiempo sea implacable.

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Ambos autores concluyen invirtiendo el juego y la carga de la pregunta:

La verdadera pregunta es: «¿Cómo vivir bien?» y no » ¿Por qué nos morimos?».

 

 

 

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Miguel Ángel Ramos.

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