FILOSOFÍA PARA NIÑOS: Metáfora

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Decir, por ejemplo, la vida es un viaje es una suerte de metáfora, una comparación. Colocamos dos ideas juntas y comienza la magia, justo en el momento que queramos participar en ella- ¿Cómo funciona? Asociando dos ideas creamos una serie que se relaciona con otra serie. Aprender es tan sólo saber pasar de una a otra. Vayamos al ejemplo: lo que digamos de la primera de las ideas es aplicable a la segunda, con la ventaja de que deberemos pensar cómo se produce la relación: un juego, una comparación, algo que al final consiste en la operación de pensar.

Pensemos en todo cuanto podamos aplicar a la segunda idea: un viaje. Y todo cuanto podemos aplicarle es casi infinito: un viaje largo, corto, cansado, complejo, maravilloso, esforzado. Cada adjetivo aplicado al pensamiento se traslada de un término a otro y nos obliga a repensar, a calcular qué se está diciendo en la frase que aparece ante nosotros. Si le damos sonido nos encontraremos en frases que no tienen sentido en algún caso, que tienen un sentido mayor que cuando no poseían calificación o que incluso buscan un sentido, que aparecen ante nosotros y nos obligan a recorrer la tentación de querer saber qué pueden decir. La vida es un largo viaje es diferente a la vida es un viaje incierto a la vida es un viaje azul.

Tres grados en una comparación y tres sonidos, tres sentidos. Si nos paramos a pensar, otra cosa no será lo que el pensamiento y su grado superior de organización, la filosofía, nos pide. Pararse a pensar sobre aquello que normalmente nos rodea y nos define: las palabras, por ejemplo, las imágenes, los recuerdos. La filosofía es una saludable ejercicio de consciencia.

La vida es un largo viaje. Nos colocaría en la necesidad, para explicar la frase y aplicarnos a ella, de pensar sobre la duración, sobre el tiempo que ha transcurrido desde que nos acordamos de ello, del tiempo que nos queda, de la lejanía o incluso la brevedad de cuanto tenemos en la memoria. Para poder entender la frase, en serio, o con intensidad, por qué no, es necesario que muchas cosas se coloquen en cuestión, que vengan a presencia, que se sopesen. Podemos estar incluso, en desacuerdo, y desautorizar la idea: la vida es un corto viaje, o mejor, un breve viaje. Hablando, jugando con las palabras descubrimos la sensación de tiempo que nos entregan y podemos paladear cómo siempre nos invitan a un paso más. Viaje posee un enorme campo de sinónimos, palabras con significados parecidos, nunca iguales, que podríamos colocar en su lugar: cada palabra entrega un matiz diferente, un valor, un sabor y un saber diferente. Viaje, movimiento, desplazamiento, paseo,  peregrinación, excursión, caminata, vagabundeo, camino, vía, sentido, carretera, itinerario, corriente, traslado, recorrido,  procesión, salida, ida, merodeo, pasaje, ruta, dirección, línea, derrotero… si probamos a cambiar la comparación nos encontraremos enredados en la multitud de matices que cada término produce. ¿En qué modo difiere para nosotros la vida es un camino a la vida es un paseo? Debemos aguzar el sentido para encontrar tanto las sutiles como las evidentes diferencias de cada definición.

El juego puede continuar hasta que nos plazca. Escribir es una forma excelente de hacerlo consciente y dejar pistas de las volutas que puede ir dibujando sobre nuestra capacidad de pensar. Podemos imaginar quien compara a la vida con un camino y quién con un paseo: siempre alguien antes que nosotros ha planteado un tema similar, siempre alguien nos ayuda desde el pasado: ese es el valor de la memoria humana, y de los libros, por ejemplo, un transmisor vivo de la cultura de nuestros antepasados. Por ejemplo, el escritor William Faulkner dijo “la vida es un camino sin retorno“.

Nuestra comparación crece y se enriquece con cada nueva versión, que nos obliga a repensar la relación de un término, aquel que queremos descifrar, mediante la asociación a algo que nos resulta cercano. Este diálogo de distancias es lo que conocemos como aprender, referir algo desconocido y abierto a la experiencia que podemos encontrar.  Si la comparación es un paseo, podemos hacernos preguntas, esta instancia tan filosófica que ya conocemos. Todas las preguntas que se nos ocurra, y veremos como la vibración de las respuestas de lo conocido comienza a esclarecer la posición de lo desconocido por aproximación. Si es un paseo, a dónde, por qué, cuándo, cómo, de qué duración, con qué velocidad, con qué características. No es lo mismo un paseo demorado, sin rumbo fijo que una carrera acelerada hacia algún objetivo, no es lo mismo una caminata por el campo que un viaje en metro, no es lo mismo un recorrido atento que un itinerario destinado a que no recordemos nada de su aspecto. Cada respuesta contestada con intensidad trasportará el sentido que encontremos hacia el término desconocido que queramos iluminar.  Es más, el ejercicio atento de la actividad, el pasear de modo consciente, finándonos en cada detalle inconsciente que se vuelca en cada paso, cada intención, cada idea, cada imagen, nos permite extraer de nuestra experiencia consciente los datos según los cuales podemos aprender y proyectar el sentido ante cualquier cosa que queramos conocer: la vida, entonces será un paseo finado por nuestra más intensa atención.

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La metáfora (del latín metaphŏra, y éste a su vez tomado del griego μεταφορά; propiamente “traslado”, “desplazamiento”; derivado de metapheró “ yo transporto”) es el desplazamiento de significado entre dos términos.

 

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Miguel Ángel Ramos.

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