Mitología para niños: Aracne

La joven cuya soberbia le llevó a convertirse en araña
 

 

La historia que hoy vamos a contar se desarrolla a orillas del mediterráneo, en un maravilloso país de nombre Lidia famoso, además de por el verde de sus prados y la belleza de sus costas, por la púrpura, un extraño molusco que se criaba en sus playas.
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Pero, ¿qué tenía de especial este molusco que todo el mundo en Lidia buscaba con afán? Porque la verdad que si nos fijamos en la foto, su apariencia no es más que la de una concha retorcida de color gris no muy atractiva, por cierto.

 

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Lo que hacía tan especial a la púrpura era que dentro guardaba un auténtico tesoro: un tinte carmesí de gran intensidad que confería a los tejidos teñidos por él gran valor. Reyes, emperadores, princesas… eran capaces de viajar hasta Lidia y pagar grandes sumas de oro por conseguir una tela teñida con este maravilloso pigmento.
Pues bien, en esta ciudad en la que el dinero corría en abundancia vivían Idmon el tintorero y su hija Aracne.

 

 Ilustración de Óscar Carballo Vales

 

Aracne era una doncella muy bella e inteligente que desde pequeña había destacado por sus habilidades en el arte del manejo del telar. Las telas que salían de las manos de Aracne eran tan perfectas que dejaban boquiabierta a la gente. Parecía como si sus bordados fuesen a cobrar vida y salir de la tela en cualquier momento. Aracne era la mejor tejedora de Lidia
Pero mientras crecía el respeto y la admiración que la gente profesaba a su trabajo, también crecía la soberbia y la altanería en ella. Figuraos hasta tal qué punto se volvió engreída que cuando la gente, haciéndole el mayor de los cumplidos, decidió proclamarla digna discípula y sucesora de la diosa Atenea –patrona, entre otras muchísimas cosas, de las hilanderas y bordadoras- ella rechazó tamaña distinción pues no quería deber su talento a nadie.

 

¡Ella era la mejor tejedora que nunca hubo y 
habrá en él mundo! 

 

¡Mejor incluso que Atenea!

 

 

Cómo se le pudo ocurrir a la orgullosa Aracne decir semejante barbaridad. A nadie en su sano juicio se le ocurría compararse con la Diosa y menos considerarse superior. Eso solamente podía ser fruto de la soberbia que le había hecho perder el norte, que le había vuelto loquita. Por supuesto, cuando Atenea escuchó estas palabras enrojeció de irá y comenzó a bramar:

 

-Pero qué se habrá creído está muchacha-
¿Mejor que yo? 
¿Mejor que una Diosa? 
Ahora mismo le enseñaré yo, a esa tal Aracne
 a ser mas humilde.

 

Velázquez, La fábula de Aracne (1644, 1648)

 

Así que la diosa Atenea decidió dar un buen escarmiento a la engreída de Aracne. Para ello se disfrazó de una ancianita de pelo blanco y se dirigió, ayudada por su bastón, al taller de la joven. Una vez allí la diosa, sin decir nada, se pasó un buen rato contemplando las telas para por fin preguntar a Aracne:

 

¿Los hecho tú? -Preguntó Atenea.
Por supuesto -respondió la joven con gran altanería-
Nadie más en Lidia sería capaz de tejer semejante tela. 
Yo soy, sin lugar a dudas, la mejor hilandera.
Oh, me sorprende, –continuó hablando la viejecita-.
Yo creía que semejantes telas solamente podrían salir
 de manos de la diosa Atenea.
Por dios, yo tejo infinitamente mejor que la diosa.
Pero, muchacha, cómo se te ocurre decir eso.
¿No sabes que los dioses castigan severamente 
a quienes les desprecian?
Yo no desprecio -cotinúo diciendo Aracne- me limito a decir la verdad. 
Atenea  a mi lado es una mera aprendiz…
Ay niña, niña… no enfades a Atenea, 
que su enfado puede traerte consecuencias terribles…
¡Que se enfande!¡Que se ofenda!… 
es más si yo tuviese 
delante a Atenea le retaría, ahora
 mismo,  a una competición.

 

 

Aquellas palabras ya fueron demasiado. De repente las arrugas del rostro de la anciana desaparecieron, su pelo se volvió oscuro y sus ojos recobraron el brillo de la juventud. Ante los ojos de Aracne estaba una bellísima mujer de la que enseguida adivinó su identidad.

 

Eres Atenea, ¿verdad?
Por supuesto que soy Atenea. Y ahora que sabes mi verdadera identidad, 
¿sigues teniendo el coraje y la osadía de proclamarte la mejor tejedora de Lidia?
No te equivoques, no tengo miedo, Atenea -le advirtió Aracne-
Sigo pensando lo mismo y ya que estás aquí  por qué no competimos. 
Estoy segura que mi tela será mucho mejor que la tuya.

 

Pablo Veronés, Aracne o la dialéctica (1520)

 
Atenea le lanzó una desafiante mirada a Aracne y le dijo:

No dudo de tus destrezas con los hilos. Todos sabemos de tu gran habilidad… 
pero eres demasido orgullosa, a veces uno debe saber escuchar a los demás… 
Así que si quieres competiremos… 
solo espero que lo hagamos de manera limpia 
y de que al final no te arrepientas.

 

Tintoretto, Atenea y Aracne, (1543)

 

La competición se convirtió en todo un acontecimiento al que acudieron decenas de personas para poder ver in situm el desafío. Tanto Aracne como Atenea comenzaron a mover sus manos con una habilidad y rapidez asombrosa y ambas realizaron trabajos maravillosos. Atenea tejió un tapiz en el que ensalzaba el poder de los dioses. Por el contrario la desafiante Aracne decidió bordar pasajes en donde los dioses no salían muy bien parados, recalcando con ello la idea de que los dioses no siempre tenían porque ser superiores a los hombres.

 

Cuando los lienzos estuvieron acabados, ambos fueron comparados. Y para sorpresa de Atenea no estaba tan claro que el suyo fuese mejor. Eso, unido a la manera irrespetuosa con la que Aracne había tratado a los dioses, hizo que la diosa Atenea montase en cólera -la verdad que esta parte no estuvo muy correcta-.

 

 Peter Paul Rubens, Minerva golpeando a Aracne (1636)

 

Ahora sí, por primera vez Aracne se da cuenta de su error y de que su soberbia le había llevado demasiado lejos. Se da cuenta que, tal vez, la manera en la que había desafiado a la diosa no había sido la más correcta y se sintió avergonzada. Cuando la diosa la vio en ese estado, le dijo.

 

Tú falta ha sido muy grave. Mereces un castigo. 
A partir de este momento vivirás tú y tus descendientes colgados de un hilo, 
eso sí, haciendo lo que mejor sabes hacer: tejer.

 

 

Tras estas palabras los brazos y las piernas de Aracne se fueron encogiendo, sus dedos se alargaron, su cuerpo se transformó en una bola, y el pelo la cubrió por completo. La bella y engreída muchacha se había convertido en…

 una araña.

A partir de ese día Aracne pasó el resto de su vida tejiendo finísimas redes por todos los rincones de Lidia, un arte que pasó a sus descendientes quienes tuvieron que pagar el error de una joven muchacha que se osó creerse mejor que los dioses.

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