Mitología para niños: Prometeo, creador y maestro de los hombres

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Mitología para niños: Prometeo, creador y maestro de los hombres

10 mitos griegos contados para niños | MITOLOGÍA PARA NIÑOS | Mitos griegos contados para niños | Prometeo

Según los primeros griegos, el hombre fue creado por Zeus y Prometeo, pero ambos tenían una visión diferente del papel que debían tener éstos  en el mundo.

 

 Prometeo lleva el fuego a la humanidad, de Heinrich Friedrich Füger (1817).

 

Mientras que Zeus estaba encantado con el carácter primitivo que tenían estos primeros seres, Prometeo en cambio, un ser justo, inteligente y educado, amaba al género humano y deseaba que los hombres progresaran y sabía que con su ayuda lo conseguirían.

 

 Sarcófago romano, s. III d. C.

 

Por ello la actitud de Zeus, negándose a favorecer el desarrollo de la raza humana por miedo a que algún día pudiesen rivalizar con él, le parecía absolutamente deleznable. Si él y Zeus habían creado a la raza humana debían acabar su trabajo. No habían creado a unos simples animales, por lo que debían enseñarles y educarles para que pudiesen evolucionar. Un día, armándose de valor, le dijo a Zeus:

 

Hay que enseñarles el secreto del fuego, sino jamás conseguirán ser nada diferentes a niños inermes. Debemos acabar lo que hemos comenzado.

 

Por más motivos que Prometeo daba, no lograba cambiar la opinión de Zeus así que decidió continuar su trabajo a escondidas. Subió, sin que nadie le viese, al Olimpo y prendió un carbón, cuyas brasas escondió en el interior de un hueso. Con gran sigilo se lo bajó a los humanos y les enseñó a usar el fuego.

 

Prometeo, de Rubens (1636-37)

 

No os creáis que esta era la única manera en que Prometeo había ayudado a los hombres. Normalmente los dioses no eran muy justos con los hombres y siempre, cuando había un sacrificio, ellos se guardaban la mejor parte dejando a los hombres lo sobrante. ¿Sabéis lo que hizo Prometeo? Pues consiguió engañar a los dioses. Hizo dos montones, el primero de ellos, muy grande y aparatoso solamente contenía los huesos cubiertos de grasa; el segundo, mucho más pequeño contenía toda la carne. Por supuesto, Prometeo muy educado, dejo elegir en primer lugar a los dioses y fue Zeus, haciendo alarde de su avaricia, quien escogió el montón de mayor tamaño. Os podéis figurar su enfado al verse así engañado.

 

La leyenda de Prometeo, de Piero di Cosimo (1515)

 

Así estaban las cosas. Los hombres con ayuda de Prometeo hacían muy importantes progresos. Les enseño a modelar vasijas, a construir casas mucho más resistentes, a trabajar el metal con el que poder hacer armas para defenderse… La cosa marchaba muy, muy bien hasta el día en que Zeus, vigilante desde el cielo, se dio cuenta que en la tierra algo estaba ardiendo… HABÍA FUEGO… y rápidamente supo que nuevamente había sido engañado.

 

Zeus herido y enfurecido de sobremanera, decidió desoír las palabras de Prometeo quien seguía intentando hacerle creer que los hombres no iban a rivalizar con él si les amaban y les daban buenas enseñanzas.

 

El martirio de Prometeo, de Tiziano (1549)

 

Zeus no quería saber nada de Prometeo, estaba tan indignado ante su engaño que decidió castigarle y condenar a la humanidad. ¿Cómo lo hizo? Pues así.

 

Ordenó que Prometeo fuese llevado a las montañas y le encadenaran a una roca y mandó sobre él la siguiente tortura: todos los días de su vida un águila feroz se alimentaría con su hígado, hígado que todas las noches volvería a crecer para que la tortura pudiese comenzar nuevamente. La condena le duró muchos años a Prometeo, se dice que durante más de treinta mil años sus gritos seguían llenando el aire. Su sufrimiento despertaba compasión pero nadie se atravía a liberarlo hasta que Hércules pasó por allí con los Argonautas, mató el águila y se llevó a Prometeo consigo.

 

 Prometeo, de Gustave Moreau

 

Pero el castigo de Prometeo no le pareció a Zeus suficiente venganza por lo que mandó a Hefesto, el herrero, que modelase a una mujer en barro. Después ordenó a la diosa Atenea que insuflase vida a la estatua y le instruyese en las artes de la costura y la cocina; a Afrodita -¿os acordáis del post de la pasada semana (aquí)?- que le concediera la belleza y Hermes debía enseñarle la astucia y el engaño. El nuevo ser creado fue  llamado Pandora, hermosa entre las hermosas.

 

Pandora, de Jules Joseph Lefebvre. (1836-1911)

 

Os podéis figurar que las intenciones de Zeus a la hora de crear a Pandora nunca fueron buenas: era ella la que se debía encargar del castigo de los hombres. Para ello  Zeus mandó concertar la boda de Pandora con Epitemeo, el imprudente hermano de Prometeo quien halagado aceptó encantado pese a las advertencias de Prometeo, al que algo le olía muy raro.

 

Pandora, de John William Waterhouse, (1896)

 

Un día a Pandora se le entregó una pequeña cajita que debía llevar siempre consigo, pidiéndole que no la abriese por nada del mundo. En esa cajita iban encerradas todas las desgracias de la tierra: el cansancio, la vejez, el vicio, la enfermedad, la pobreza, los celos…

 

Al principio Pandora, feliz con su nueva vida, se olvidó del cofre, pero con el paso del tiempo el gusanillo de la curiosidad comenzó a inquietarle y decidió abrir la caja. Así que un día, aprovechando que su marido estaba dormido, abrió el cofre y comenzaron a salir, rápidos como el viento, todos los males que desde entonces nos afligen.

 

Arthur Rackham

 

Pandora, desesperada, intento cerrar la caja pero era demasiado tarde, su contenido se había esparcido por todo el mundo. La venganza de Zeus se había realizado: la raza humana no podía ser noble como había querido Prometeo y a partir de ese momento en la vida se nos iban presentar constantes dificultades con las que deberíamos luchar.

 

Pero el triunfo de Zeus no fue completo porque una pequeña cosita había quedado olvidada en la caja: LA ESPERANZA, gracias a la cual tenemos una fuerte razón para seguir viviendo.

 

 El caja de Pandora, de René Magritte

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