MÚSICA CLÁSICA PARA NIÑOS: Historias contadas con música: El mar

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MÚSICA CLÁSICA PARA NIÑOS: Historias contadas con música: El mar

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El trabajo y las ideas se me acumulan pero hoy quiero parar y dar cuenta de un precioso taller que hicimos en la Biblioteca Municipal de Las Matas dentro de la serie Historias contadas con música titulado El mar. 

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Un título sugerente, abierto para seguir acercando la música clásica a mis jóvenes participantes (6- 10 años) a través de una selección de obras en las que el mar es el protagonista, el inspirador de maravillosos viajes sonoros que nos trasladan a lugares remotos, a otros tiempos en donde existieron bellas ciudades hoy sumergidas bajo el agua o en el que las sirenas, que en lugar de cola tenían alas, atraían con su canto a cuanto navegante pasaba por su isla. Mares en calma o tormentosos, mares que inspiran peligro o nos invitan a sumergirnos y escuchar el canto de las ballenas. Si os parece os cuento la secuencia.

 

Seascapes

Hiroshi Sugimoto

Comenzamos el taller visionando diferentes imágenes de cuadros y fotografías en los que el mar era el protagonista indiscutible. Desde una fotografía de Hiroshi Sugimoto a un cuadro del mar de la costa bretona pintado por Monet pasando Turner y alguno de sus mares tormentoso, el soleado mediterráneo de Sorolla o alguna imagen de un atardecer marítimo sacada de internet… todo nos servía.  Tras hablar, describir e imaginar qué sucedía en esos mares, llegó mi consulta: y si les tuvierais que poner música, ¿cómo sonarían los mares de esas imágenes? Las respuestas no fueron ni muchas ni muy contundentes. Mi pregunta por lo menos les había dejado perplejos. No era un mal principio, pues el juego a partir de ahora iba a consistir en descubrir la manera en la que diferentes compositores habían pintado con sonidos el mar en las seis obras de música clásica que había seleccionado para ellos y encontrar la correspondencia visual dentro de las imágenes que teníamos colgadas por la clase. Sinestesias en estado puro.

Las obras elegidas fueron:

  • Mar en calma y viaje felizop. 27 de Felix Mendelssohn (1828)
  • 4 Interludios marinos, op 33a de Benjamin Britten (1945)
  • Scheherezade, op 35 de Rimsky-Korsakov (1888)
  • La catedral sumergida. Primer libro de Préludes pour piano, Preludio Nº10 de Claude Debussy (1909-1910).
  • Sirenas. Nocturnos para orquesta, op de Claude Debussy (1898-1899)
  • Vox Balaenae de George Crumb (1971)

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Las rocas de Belle-Ile, la Costa salvaje (1886)

Claude Monet 

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La primera imagen sonora que les presente fue Mar en calma y viaje feliz de MendelssohnNo les di ningún dato, mucho menos el título pues este nos lo desvela todo. La única premisa con la que partíamos es que debíamos escucharla con los ojos cerrados y después de treinta segundos, envueltos ya por esa absoluta paz que consigue Mendelssohn en el inicio de esta obertura que escribió cuando apenas contaba con diecinueve años, les hice dos preguntas que les iban ayudar a identificar lo pintado: ¿Estamos ante un mar en calma o un mar bravo? ¿Qué os sugiere la música?¿Estamos dentro del mar en una barca o fuera, en la orilla divisando el precioso paisaje?  Nadie lo dudo, la pintura sonora que nos proporcionaban los primeros tres minutos de esta obra era la de un mar absolutamente calmado, sin olas ni movimiento y curiosamente todos -tal y como sugiere el poema de Goethe en el que están basados estos primeros minutos de obertura (aquí si queréis saber más)- se encontraban dentro de una barca en medio de un mar parado y sintiendo la calma. Una calma, una inmensidad que por momentos puede llegar a hacernos sentir miedo.

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Tras escuchar  únicamente hasta el minuto 3, 56 de la versión que arriba os dejo (en este punto la sección de viento madera indica que el viento comienza a soplar dando inicio el viaje feliz o lo que es lo mismo, la segunda parte de la obertura) y de la mano de Benjamin Britten y del primero de sus Interludios marinos que tiene por título Amanecer escuchamos otra visión del mar. Si Mendelssohn nos permitía contemplar y sentir la inmensidad desde nuestra barca en mitad del océano, Britten da cuenta de un mar muy diferente, un mar menos calmado, visto desde la orilla en una mañana gris. Una música con la que desde el principio me propuse que, además de imaginar, fueran capaces de reconocer tres imágenes sonoras, tres motivos musicales muy claros con los que está construido todo este primer interludio: las gaviotas en lo alto, a cargo de los violines que escuchamos desde el primer compás y cuyo vuelo se puede percibir muy fácilmente; el mar a cargo del arpa y los clarinetes (min. 0’33), un mar mucho menos plano en el que sí percibimos las olas y el peligro (min. 0’45) que esconde ese mar a cargo del viento metal.

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Tres ideas musicales que fuimos reconociendo y disfrutando a lo largo de todo el primer interludio que dura en la versión que aquí os dejo hasta el min. 3.13. A partir de ahí el segundo. Su título: Mañana de domingo en la playa, pero ese lo contaremos otro día. Se me olvidaba, si el primer mar la inmensa mayoría lo asoció a la fotografía de Hiroshi Sugimoto con la comenzaba el post, este segundo lo asociamos a Claude Monet y a su cuadro Las rocas de Belle-Ile, la Costa salvaje.

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El naufragio de un barco de transporte, 1810.

Joseph Mallord William Turner

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Tras pasarnos por el 4º interludio de Britten y escuchar un mar bravo de verdad con tormenta incluida comenzó nuestro viaje.  La primera parada nos llevó a Oriente donde hace muchos años una joven bellísima de nombre Sheherezade consiguió lo que parecía imposible: aplacar la ira de un sultán a golpe de historias maravillosas que hoy seguimos escuchando. Historias como Aladino y la lámpara mágica,  Alí Babá y los cuarenta ladrones y como no, la historia de Simbad el marino, esa a la que tan maravillosamente puso música Rimsky-korsakov en Sheherezade (pinchad aquí si queréis conocer más de esta obra) y en la que tras presentarnos al malvado sultán (hasta min. 0’25)  y  a la maravillosa y dulce Sheherezade (min. 0,50 a cargo del violín) nos ofrece una de las mejores imágenes musicales del mar ( a partir min. 1,31)

 

 

Y como no, de un naufragio, el de ese Simbab. Un número que comienza en el min. 0.55 de la versión que os pongo a continuación con una visión del mar creada a partir del tema del sultán  y en el que podemos escuchar enormes olas, vientos huracanados y tensión, mucha tensión que desembocará en el choque del barco contra la roca y en el consiguiente naufragio de Simbad, momento que la música nos permite sumergirnos bajo el agua (min. 2,35). Maravilloso.

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La siguiente escala de nuestro viaje nos llevó a Bretaña, concretamente a la bahía de Douarnenez, en donde dicen que hace muchos años existió una ciudad maravillosa con calzadas empedradas, soberbios muros, suntuosos palacios. Una ciudad construida bajo el nivel del mar que acabó sumergida bajo las aguas por la mala decisión de una princesa engreída que decidió robar a su padre la llave que abría la puerta de bronce del enorme dique que protegía a la ciudad de las grandes mareas. Una historia que no acaba aquí, pues dicen que todos los amaneceres desde lo más profundo del mar surge la ciudad de Ys que puede ser contemplada durante unos segundos por los seres humanos recordando con ello la gloria perdida por la errada decisión de una niña engreída.

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Una leyenda que Claude Debussy nos contó de manera maravillosa en ese preludio para piano que lleva por título La catedral sumergida (pinchad aquí si queréis conocer más), en el que somos capaces de percibir sonoramente un mar en absoluta calma que a partir del min. 1’32 comienza moverse. Es la marea que está bajando y  nos va a permitir imaginar y reconocer con sus campanas (min 2,14)  y robustos acordes (2, 30)  la imagen de la catedral de la bella ciudad de Ys. Una imagen que como en la leyenda dura poco pues a partir del minuto (2,55) vamos escuchándola más y más tenue para que en el min 3.40  llegue la calma. La marea ha vuelto a sumergir la catedral.

 

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Una princesa engreída que acabo convertida en sirena. En este punto siempre conviene recordar que las sirenas antiguas  poco tenían que ver con la imagen angelical que hemos vendido a nuestros hijos. Las sirenas de la antigüedad eran auténticos monstruos descritas en muchas ocasiones como seres alados mitad pájaro-mitad mujer (aquí para saber más de sirenas).

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Aunque eso sí, al igual que la bella y dulce Sirenita de Hans Christian Andersen, las sirenas mitológicas poseían notables dotes musicales aunque los utilizaban con un fin bastante menos noble: atraer con su canto a cuanto navegante pasara por la isla en la que vivían para, tras embaucarlos, devorarlos.  Por supuesto no siempre lo consiguieron. Los Argonautas y Ulises lograron salir ilesos de sus encantos.

Gracias a Sirenas de Debussy, el tercero de los tres números que componen el tríptico sinfónico Nocturnos  fuimos capaces, además de tener otra visión del mar, de escuchar el embaucador canto de estas sirenas y al navegante que quieren atraer. ¿Lo lograrán?

 

 

La última imagen sonora de la tarde nos la trajo George Crumb y su Vox Balaenae, una obra piano, flauta y piano amplificado compuesta en 1971 e inspirada en el canto de la ballena jorobada al que Crumb tuvo acceso gracias a las grabaciones subacúaticas.

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Historias, leyendas, imágenes sonoras, correspondencias música-pintura… que intentamos dejar plasmadas en un programa de mano que fueron componiendo ellos a lo largo de toda la sesión con el nombre del compositor, el título de la obra y la imagen a la que había puesto música. Un programa, un recordatorio que, como le dijo un niño a su padre cuando vino a recogerle iba a servir para que cuando él quisiera pudiera volver a escuchar las obras e imaginar las historias, las leyendas que le llevasen a esos mares. No está mal, ¿verdad?

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Os dejo algunas imágenes en las que se nos ve trabajar y alguno de los cuadros que ellos crearon en la última parte  del taller partiendo de la imagen musical que más les había gustado.

Espero que os guste y os sirva.

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