Monstruos mitológicos: Escila y caribdis

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Monstruos mitológicos: Escila y caribdis

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Las Sirenas, esos seres mitad ave mitad humana que con su canto atraían a cuanto navegante pasaba por su lado para después devorarlo, no fueron los únicos monstruos con los que Ulises tuvo que verse en su viaje de regreso a Ítaca. Muy cerca de éstas, a uno y otro lado del estrecho de Mesina vivían dos de los monstruos marinos más terroríficos y voraces que os podéis imaginar. Sus nombres Escila y Caribdis.

 

 

La primera de ellas, Escila, era una mujer cuya parte inferior estaba rodeada de perros, concretamente seis feroces animales que devoraban todo cuanto se ponía a su alcance. Realmente no siempre tuvo este aspecto, se dice que era una ninfa de gran belleza de la que Glauco, un dios marino, se enamoró con locura. Glauco queriendo conseguir su amor a toda costa pidió a Circe la maga, un brebaje de amor. Lo que Glauco desconocía es que Circe también estaba enamorada de él.

 

 

La Maga irritada y enfurecida ante el rechazo de Glauco decide vengarse de su rival y en lugar de brebaje de amor preparó unas hierbas mágicas venenosas que virtió en el agua en el que se bañaba Escila. Inmediatamente Escila se transformó; la parte superior de su cuerpo siguió mantenido su belleza pero de la ingle le nacieron esos seis monstruosos perros con los que aterrorizaba al personal. 

 

En otros lugares la transformación en monstruo tiene que ver, más que con el amor que Glauco sentía hacia ella, con Posidón, el dios del mar. Este último también estaba enamorado de ella y su mujer Anfritite,  reina del mar y «la que todo lo envuelve», absolutamente celosa de este amor decidió recurrir a Circe para que metamorfosear a la desgraciada.

 

 

Sea como fuese lo cierto es que Escila se había convertido en un ser terrible cuyos perros devoraban a cuanto se arrimaban a su gruta. Cuando la nave de Ulises llegó, costeando con su barco, a la gruta en la que se guarecía este monstruo, los perros salieron y devoraron a seis de sus compañeros. 

 

 

La muerte de Escila suele ser atribuida al héroe más célebre y popular de toda la mitología clásica Heracles, Hércules para los romanos. En su viaje de regreso a Micenas después de llevar con éxito el décimo de los doce trabajos que le había dispuesto Euristeo consistente  en robar el ganado de Geriones -otro ser monstruoso de tres cabezas y parte superior del cuerpo tres veces más grandes que la inferior cuya riqueza estaba precisamente en los rebaños de bueyes que poseía- también tuvo que pasar por el peligroso estrecho de Mesina. En cuanto Escila les vio devoró un buen número de bueyes del rebaño que conducía. Heracles irritado ante semejante desfachatez decidió entablar combate con ella y, por supuesto, el héroe pudo con el monstruo y la mató. 

 

 

Aunque según algunos éste no fue el final de Escila, pues su padre Forcis  habría devuelto a la vida sirviéndose de lo mismo que la había transformado en monstruo, la magia.

 

Os imagináis el terror que tenía que sentir la gente cuando se enfretaba a tamaño monstruo y la liberación cuando lograban -si lo conseguían, todo hay que decirlo- salir con vida de allí. Lo que no sabían era lo que les esperaba a escasa distancia, pues en el mismo estrecho, en el lado opuesto tenían que lidiar con Caribdis, otro monstruo marino.

 

 

Caribdis era hija de la tierra y del rey del dios del mar, Posidón.  Durante su vida como humana había demostrado gran voracidad y un buen ejemplo de ello es que cuando Heracles pasó por el estrecho de Mesina con el rebaño de bueyes del gigante Geriones, no solamente tuvo que lidiar con Escila sino que Caribdis no se quedó corta y también robó unos cuantos bueyes para comérselos. Cuando Zeus lo vio se enfadó profundamente y la castigó fulminándola y precipitándola al mar donde se convirtió en monstruo.

 

 

 

¿Qué forma asumió?, os preguntaréis. Pues a diferencia de Escila que siguió conservando parte de su cuerpo de mujer con el terrorífico añadido de los seis perros, Caribdis se convirtió en un remolino marino.  Tres veces al día, Caribdis absorbía agua del mar en gran cantidad, tragándose cuanto flotaba, barcos incluidos, para posteriormente devolver el agua absorbida.

 

 

Como ya sabemos Ulises tuvo que pasar en su viaje de regreso a su Ítaca natal, tras la guerra de Troya, por el estrecho de Escila. Justo acababan de superar la prueba de las sirenas (aquí), su canto se había desvanecido pero un nuevo peligro les acechaba. Ulises era plenamente consciente del lugar en el que se encontraban y de que debía tomar una decisión: debía elegir por que lado pasar. La opción que tomó fue la menos mala.

 

 

Si elegía el lado de Caribdis suponía arriesgarse a morir todos, si por el contrario pasaban cerca de Escila, con seguridad habría alguna baja, pero la gran mayoría sobreviviría. La decisión fue Escila, el espectáculo que contemplaron fue terrible, el peor jamás visto pero, pese a los seis marineros que fueron devorados por los perros de Escila, consiguieron salir de allí con vida. Aunque realmente no iba ser tan fácil librase de Caribdis, pero esa parte la contaremos otro día.

 

 

Con todo lo dicho no creo que cueste mucho llegar a la conclusión  de qué significa estar «Entre Escila y Caribdis». Exacto, más o menos lo mismo que decir «Entre la espada y la pared». Uno está ante una situación sino imposible, por lo menos, complicada.

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