Monstruos mitológicos: Esfinge

Cuando pensamos en una Esfinge nuestra cabeza rápidamente viaja a Egipto y se imagina un soberbio león recostado con el torso de un hombre y ataviado con tocado de  dioses. Pues bien la Esfinge de la que hoy vamos a hablar no nos va a llevar a Egipto sino, como todos los viernes, a la Antigua Grecia pues en su mitología también encontramos una, aunque su función y apariencia dista bastante de la de Egipto.

 

En la mitología griega la Esfinge era un demonio que presagiaba mala suerte, muerte y destrucción. Su apariencia seguía siendo la de un león con torso humano pero, en este caso, el de una mujer, con alas cual ave rapiña y un cuerpo que acaba en cola de león o de serpiente, dependiendo de las descripciones.

 

Esta Esfinge tenía aterrorizada a la población de la ciudad de Tebas. Había sido enviada por Hera -¿Os acordáis de Hera? ¿La mujer de Zeus, reina de todos los dioses y diosa del matrimonio, que os presentamos cuando hablamos de Argos, el monstruo de los cien ojos? (si queréis leerlo pinchad aquí)- para castigar a la ciudad por el crimen que había cometido Layo. Tranquilos que os sitúo pues este personaje tiene mucho peso en la leyenda que hoy os vamos a contar.

 

 

Layo era el heredero legítimo del trono de Tebas pero había sido desterrado por Zeto y Anfión (realmente para lo que hoy nos ocupa nos dan igual estos dos nombres) y se refugio en el reino de Pélope, quien lo acoge en su corte gustoso y hospitalario.

 

Lo que no sabía Pélope es que Layo se iba a enamorar de su hijo y que lo iba a raptar. Os podéis imaginar que el amor entre dos personas del mismo sexo no estaba muy bien visto en este momento y que la reacción de Pélope fue todo menos comprensión. Lo que realmente hizo fue maldecirlo y con ello continuar la maldición de los Labdácidas, dicho de manera más sencilla de la familia de Layo.

 

Pero no fue a Pélope al único que enfureció Layo con sus actos. El enfado de Hera, diosa del matrimonio, fue monumental y decidió enviar como castigo a la esfinge a la ciudad de Tebas.+

La esfinge se estableció en una montaña, al oeste de la ciudad y desde allí atemorizaba a la población devorando a los transeúntes que había a su paso. Este terrorífico animal había heredado de las musas una curiosa cualidad: la de plantear enigmas. Precisamente resolviendo estos enigmas, acertijos o adivinanzas -llamadlos como queráis- era la única manera que tenían los viajeros para salvarse, pero ninguno lo había conseguido hasta el momento.

 

 

¿Qué enigmas planteaba para que nadie diese con la respuesta correcta? Pues algunos tal que así:

 

¿Cuál es el ser que anda ora con dos, ora con tres, ora con cuatro patas 

y que, contrariamente a la ley general, es más débil cuantas más patas tiene?

o:

Son dos hermanos, uno de las cuales engendra a la otra y,

 a su vez, ésta es engendrada por el primero 

 

 

La respuesta del primer enigma «El hombre» y la del segundo «El día y la noche». Pero aunque ahora nos parezcan sencillísimos ningún habitante de Tebas había sido capaz de dar con la repuesta correcta y cuando esto sucedía la esfinge los mataba estrangulándolos con su cola, -de ahí su nombre, sphingo en griego significa “la estranguladora”- o según otras descripciones devorándolos. Ningún habitante de Tebas excepto Edipo.

 

 

Y para seguir el hilo de la leyenda debemos volver a nuestro primer protagonista, a Layo. Si recordáis lo habíamos dejado huyendo de la corte de Pélope y con una maldición encima por el crimen cometido. Pues bien está parte de la historia se queda en reposo, en stand by y consigue volver a Tebas, pues cuando los que le había usurpado su trono legítimo desaparecieron, fue llamado por la ciudad para ocupar el trono que le correspondía. Ya rey se casó con Yocasta y de esta unión nació un hijo de nombre Edipo.

 

 

Pero al nacer Edipo ya pesaba sobre él una maldición (recordad que Layo esta maldito por Pélope): Edipo mataría a su Padre. Os podéis imaginar que Layo hizo todo lo que estuvo en su mano para que el oráculo no se cumpliese: le perforó los tobillos para atarlo con una correa -de la hinchazón que le provocó está barbaridad viene su nombre: Edipo el del pie hinchado- y lo metió en una canasta y lo arrojó al mar (en otras descripciones en vez de arrojado al mar nos lo encontramos abandonado en el monte). Sea como fuere el niño fue acogido por Pólibo y criado como un hijo en su corte.

 

Allí pasó su infancia y adolescencia feliz, creyendo sinceramente que Pólibo era su padre. Pero cuando se hizo hombre abandonó a sus padres adoptivos y se puso a recorrer mundo. Los motivos de su abandono varían según las versiones pero lo que no cambia es que en este viaje se encuentra, en un camino estrecho con escaso sitio para pasar, con Layo, su verdadero padre.

 

 

Obviamente Edipo no tenía ni idea de que ese señor, que era el rey, cuyos lacayos le estaban ordenando que se retirase prestamente para dejarle paso, era su padre. Lo cierto es que muy rápido no se debió retirar pues el heraldo de Layo, Polifonte, indignado ante la falta de respeto de Edipo mató a unos de sus caballos. Y la reacción de Edipo fue matar a Polifonte y a Layo. La profecía se cumplía, Edipo sin saberlo mataba a su padre. De poco le sirvió a Layo haber intentado huir de su destino.

 

 

Curiosamente Edipo estaba huyendo de Delfo, donde el oráculo le había predicho que mataría a su padre y se casaría con su madre. Aunque para la segunda parte de predicción tenemos que volver a hablar de la esfinge.

 

 

Tras matar a Layo, todavía sin saber que había matado a su padre, Edipo continuó su camino y llegó a Tebas y allí se encontró con la Esfinge quien como siempre lanzó sus acertijos esperando poder acabar pronto con su nueva presa. Pero Edipo enseguida dio con las respuestas correctas y el monstruo, despechado, se precipitó desde lo alto de la roca al abismo. Triste y rápido final para un monstruo que había  tenido aterrorizado a todo un pueblo. Edipo había conseguido lo que nadie liberar a Tebas de la Esfinge.

 

 

¿Os imagináis que pasó después? Pues cuando los habitantes de Tebas supieron de la hazaña de Edipo se ganó el favor de toda la ciudad y para demostrar su agradecimiento le dieron aquello que consideraban más precisado: el trono de Tebas y a la viuda de Layo, a Yocasta, como legítima esposa.

 

La profecía del oráculo de Delfos se cumplía:

Edipo mataría a su padre y se casaría con su madre.

 

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