Monstruos mitológicos: Quimera

Hoy vamos a presentar a un monstruo terrible, La Quimera. Las descripciones que encontramos de él nos lo presentan de varias maneras. Tan pronto puede aparecer con cuerpo de cabra,  cuartos traseros de serpiente o dragón y cabeza de león, como con tres cabezas: una de león, otra de macho cabrío, que le salía del lomo, y la última de dragón, que nacía en la cola.

 

 

Pero hay una cualidad común en todas las descripciones: la Quimera era sumamente rápida y escupía fuego por una o más de sus cabezas y por su trasero. Y como bien imagináis todos estos «dones» no los utilizaba en nada bueno.

 

 

Pero es que de casta le viene al galo y la Quimera no surge de la nada sino que sus progenitores bien merecen un minuto de atención, pues podemos presentar a otros dos de estos seres terribles,  de estos monstruos mitológicos que llevamos semanas compartiendo con vosotros.

 

 

Su padre era Tifón, – ser intermedio entre hombre y fiera cuya talla y fuerza superaba a la de todos los habitantes de la tierra. Imaginad que tamaño tendría que era mayor que las montañas y podía tocar el cielo con la cabeza. Además, por si esto os parece poco, en lugar de dedos tenía cien cabezas de dragón, el cuerpo alado, sus ojos despedían llamas y de cintura para abajo estaba rodeado de víboras– y su madre la «víbora» Equidna, un monstruo con cuerpo de mujer terminado en una cola de serpiente en lugar de piernas que tenía por costumbre devorar a los viandantes y a la que ya conocemos pues acabó con ella Argos, ¿recordáis? Exacto, el guardián de Hera, el monstruo de los cien ojos (pinchad aquí si queréis leer el artículo sobre Argos).

 

 

Pues bien con estos genes os podéis imaginar que la Quimera bondad, bondad no tenía en su interior. Se dedicaba a ir vagando por las regiones de Asia Menor aterrorizando a las poblaciones y engullendo rebaños y animales dejándolo todo asolado a su paso. Aunque muchos lo habían intentado, nadie había podido con ella. Pero las cosas cambiarían el día que un joven de nombre Belorofonte se cruzase en su camino. ¿Quién era éste?, me preguntaréis. Pues vayamos con su historia.

 

 

Belorofonte era el hijo de Posidón, el dios del mar, aunque realmente su padre humano, el que le crió, era Glauco. Por el momento esto no tiene  la menor importancia, lo que si nos importa es que las aventuras de Belorofonte comienzan cuando de manera involuntaria comete un asesinato, que hace que tenga que abandonar su ciudad camino de Tirinto, donde un rey de nombre Preto le acoge como huésped y le purifica de sus actos.

 

 

Pero su mala suerte continuó en la nueva ciudad, pues anda que no había jóvenes en Tirinto para que la mujer del rey se tuviese que fijar precisamente en él. Y no solo fijarse sino que se enamoró y le pidió una cita. Por supuesto, Belorofonte, en deuda como estaba de Preto y no queriendo problemas de ningún tipo, rechazó a la mujer pero ésta decidió vengarse y mintió a su marido diciéndole que el joven Belorofonte había querido seducirla.

 

Obviamente el rey creyó a su mujer y envió a Belorofonte en busca de su suegro Yóbates con una carta en la que le pedía que se matase al portador de la misma. Y me diréis ¿si lo quería muerto, por qué no lo mató el propio Preto? Pues sencillo, porque era su huésped y había una antigua costumbre que prohibía matar a un hombre con quien se hubiese comido en la misma mesa.  Curioso, ¿no?

 

 

Pues bien Yóbates, el suegro, que era rey de Licia, no quiso matarlo directamente pero en su lugar le ordenó que matase un monstruo que estaba devastando el país y robando los rebaños. ¿Qué monstruo era? Por supuesto, la Quimera.

 

Yobates por nada del mundo pensaba que lograría acabar con la Quimera, y menos solo. Con lo que no contaba el rey, es que Belorofonte sí tuvo ayuda, ¿sabéis de quién? De un viejo conocido nuestro que nació del chorro de sangre que brotó cuando Perseo cortó la cabeza a Medusa (pinchad aquí si queréis leer el artículo). Exacto, de Pegaso el caballo alado, el primero que consiguió estar entre los dioses pues era ni más ni menos que el caballo de Zeus, el dios soberano, el amo del Cielo y la Tierra.

 

Pues bien Belorofonte se montó en el maravilloso Pegaso blanco, al que  un día había encontrado bebiendo en la fuente de Pirene, y elevándose por los aires se precipitó sobre La Quimera a la que mató de un solo golpe.

Y aquí acaba la historia de este terrible monstruo que había conseguido atemorizar a toda Asia Menor, pero no la de Belorofonte pues cuando Yóbates conoció que había matado a la Quimera lo mandó luchar contra los sólimos, el pueblo vecino extremadamente violento, guerrero y feroz con el que, por supuesto, también pudo. Después de estos, Yócates, decidió mandarlo contra las Amazonas y no hace falta que os cuente cómo acabó la lucha.

 

 

Yócates no podía entender cómo ese chico podía contra seres tan temibles así que decidió reunir a un grupo de lidios para que le preparasen una emboscada a Belorofonte. Sin embargo, éste les mató a todos.

 

El rey por fin reconoció su origen divino, recordad que era hijo de Poseidón. Para que entendiese todo por lo que había pasado le enseñó la carta de Preto y, por supuesto le invitó a quedarse a su lado, en su reino, además de ofrecerle en matrimonio a su hija Filónoe con la que tuvo tres hijos.

 

 

Aunque la historia no acaba así de bien. Un día Belorofonte enorgullecido por todo lo que había conseguido quiso elevarse, con su caballo alado, hasta la mansión en la que vivía Zeus. Y el dios ante semejante ocurrencia lo precipitó a la tierra y lo mató. Uno nunca debe creerse más de lo que es.

 

Se me olvidaba La Quimera era la madre de nuestra protagonista de la pasada semana, la Esfinge (pinchad aquí).

 

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