Monstruos mitológicos: Sileno

En la antigua Grecia los sátiros eran genios de la naturaleza que habían sido incorporados al cortejo de Dionisio, el Dios del vino y del delirio místico.

 

Les podemos encontrar representados de varias maneras: unas veces, la parte inferior del cuerpo es de caballo y la superior de hombre; en otras, la animalidad le viene del macho cabrío de quien suele tomar sus cuernos y cola además de poseer una nariz chata, abundante cabellera y orejas puntiagudas.

 

Adquiera una forma u otra lo que siempre encontramos es una cola y un miembro viril perpetuamente erecto. Os podéis imaginar en este momento la carcajada de todo niñ@.

 

Los sátiros pese a ser compañeros de dioses no tienen un papel especialmente relevante en las leyendas mitológicas. Esto, unido al carácter lujurioso al que se les asocia, ha hecho que dudara mucho si incluirlos en esa lista de 20 monstruos mitológicos que nació con el pretexto de introducir de manera amena la mitología a nuestros jóvenes, pero que tiene ninguna intención de causar polémica.

 

Dudé hasta que recordé al más sabio de cuanto sátiro ha existido, Sileno -una palabra que también se utiliza para nombrar a los sátiros en general cuando llegaban a la vejez-. Figuraros la sabiduría que Sileno poseía que fue el encargado de educar a Dionisio.

 

 

A Sileno se le suele describir como un personaje sumamente feo y en continua borrachera, obviamente esta parte no es la más educativa para los chavales. Hay quien dice que sus momentos más brillantes se daban precisamente en los delirios que el vino le provocaba, de hay que siempre lo veamos representado con una copa de vino.

Pero Sileno tenía un principio inamovible: no revelar jamás su sabiduría a los humanos a no ser que usasen con él la fuerza. Y esto es precisamente lo que hizo el rey Midas para obtener sus valiosos consejos. ¿Qué consejos obtuvo? La leyenda en esta parte también tiene variantes. Nosotros vamos a contaros dos.

 

Si seguimos la visión pesimista, Sileno le contó al rey Midas la historia de dos ciudades situadas fuera de este mundo llamadas Eusebe, la “ciudad piadosa“, y Máquimo, la “ciudad guerrera“. En la primera de ella los habitantes eran inmensamente felices y terminaban su vida entre risas. Los de la segunda se pasaban la vida combatiendo. Ambos pueblos eran muy ricos, se dice que poseían oro y plata en tal cantidad que estos metales eran para ellos lo que para nosotros el hierro.

 

 

Según la mitología griega, Hiperbórea era  una tierra mágica donde siempre era de día y brillaba el sol, y cuyos habitantes gracias a todos los recursos que poseían eran eternamente felices.

 

Pues bien, un día estos dos pueblos decidieron visitar nuestro mundo y cruzando el Océano llegaron al país de los Hiperbóreos, el pueblo más afortunados de entre todos los mortales. Pero cuando se dieron cuenta de cómo vivían aquellos que eran considerados los más felices de la tierra no les gustó demasiado y decidieron volver al lugar desde donde habían partido.

Tal vez habían descubierto que exite una diferencia radical entre los bienes materiales y los espirituales y que sólo con los segundos no se optiene la felicidad.

 

La segunda versión del encuentro entre el sabio y el rey Midas, relatada por Ovidio en su Metamorfosis, seguro que os suena.

 

Sileno -como ya nos ha quedado claro le gustaba demasiado el vino- se extravía del cortejo que acompañaba a Dioniso al quedarse dormido en el bosque. Es allí donde unos campesinos le encuentra y al no reconocerle lo conducen, encadenado, ante el rey Midas.

 

El rey, que en otro tiempo había sido iniciado en los misterios de Dionisio, se da cuanta inmediatamente de quién es el prisionero. Lo desata, le da grandes honores durante diez días y lo acompaña personalmente al bosque para reintegrarlo en el séquito de Dionisio.

 

El séquito de Dionisio lo integraban faunos, silenos y ménades, mujeres que lanzaban gritos mientras cantaban y danzaban desmelenadas y con el pecho descubierto provocando el delirio y el éxtasis.

 

 

Dionisio, también conocido como Baco, muy agradecido con el rey Midas por haberle devuelto a su maestro, le ofrece como recompensa otorgarle el deseo que quiera. Y Midas, que creía que la felicidad le venía por su oro, no se le ocurre otra idea que pedir que todo aquello que toque se convierta en oro.

 

 

El Dios accedió a su demanda y Midas volvió a su casa contento como unas castañuelas. Enseguida se puso a comprobar la efectividad del don recibido.  Todo marchaba a las mil maravillas hasta el momento en que decidió comer pues cuando Midas quiso llevarse a la boca un trozo de pan éste se convirtió en oro y cuando Midas bebió un sorbo de vino este se convirtió en metal.

 

Hambriento y muerto de sed, Midas suplicó a Dionisio que le retirase el pernicioso don. Dionisio lo escuchó y le dijo que se lavase la cara y las manos en la fuente del Pactolo. Así lo hizo y en el momento en que quedó libre del don las aguas se llenaron de pajuelas de oro.

 

Los dioses siempre no fueron tan benévolos y comprensivos con los deseos de este rey.

 

Se me olvidaba. A Sileno también se le atribuye la paternidad de otro monstruo mitológico, la del centauro Folo, pero si os parece esta historia os la cuento otro día. 

Te puede interesar:

Deja tu comentario


5 × cuatro =